4 jul. 2015

Arnold Layne

A Pink Floyd
Especialmente a Syd.

     Arnold Layne tiene un extraño pasatiempo, se roba las ropas colgadas a la luz de la luna que le queden bien. Bombachas y corpiños son sus favoritas pero no va a renegar unos pantalones o un vestido. Se mete a los patios y se lleva el botín entre los brazos para correr al de la vecina. Gira al rededor de las prendas y toma medidas a ojo. Nunca llevará ropa rayada, no tiene mal gusto. Tampoco le gustan las medias de red porque cuando se ve con ellas piensa que parece un degenerado. Sin embargo sabe apreciar unas medibachas de calidad. Si está de ánimos va a buscar la forma de conseguirse un sombrero. Le gustan esos de ala ancha con una ostentosa pluma a un costado. No le gusta tampoco cuando en las casas tienen perro; él no sería capaz de lastimar un animal como no sería capaz de usar a voluntad una prenda rayada, no es un monstruo. Se toma su tiempo, no agarraría cualquier cosa. Si Arnold Layne quisiera ropa barata la compraría él y no tendría que robarla de la soga de pobres señoritas adineradas. Además esas señoritas tenían buen gusto, su ropa lo hacía verse bien.
     Vive en algún departamento desaparecido en la ciudad, casi desamueblado, que mantiene vendiendo grotescas pinturas abstractas de arte post-moderno conceptual alegórico realista-metafísico. Si en realidad sus obras no fueran un sin-sentido la gente no las compraría porque no querrían colgar un autorretrato de Arnold Layne junto a la puerta del baño. Pero a él no le molestaría. Duerme en un colchón tirado en el piso con una radio a su derecha. Descansa escuchando las interferencias que el viejo aparato sólo puede producir ya. Y cuando no está en el colchón o en el suelo inventando historias de gnomos, o viendo desde la ventana a las niñas jugar en la plaza del frente, se prueba la ropa. Contra la pared apoya un alto espejo con una esquina rota. Con ese espejo le alcanza para verse entero a través de una vista distorcionada. Como si se viera en los ojos azules de un bebé inocente incapaz de sentir desdicha. No se esfuerza en posar, como mucho se inclina, voltea o extiende alguno de sus brazos o piernas. Nunca se viste y desviste frente al espejo porque piensa que lo hace parecer un degenerado. Después recuerda sus conjuntos preferidos para pintarse intercalando todo tipo de pincel y sus manos.
     Pero las casas de las pobres señoritas adineradas no son sus favoritas. Todos los lunes se va con su bicicleta llena de cosas que la hacen ver bien y toma una ruta corta que atraviesa el campo. Pedalea frente al asfalto haciendo sonar su campana de vez en cuando frente a un paisaje de cerdos, perros, más cerdos, ovejas y cerdos. Al final llega a un pueblo donde cree que todos lo miran mal. Si llega temprano se tira en el pasto, hasta escuchar las campanas de clase. Detrás suyo, en una escuela internado de mujeres, cientos y cientos de niñas dejan sus dormitorios y con ellos, las lavanderías y la ropa colgada, para ir a los salones de clases. Se sube a una pared y pasa al otro lado. No puede resistirse a un uniforme escolar; las faldas escocesas de gaitero son su debilidad. Recorre en silencio todos los pasillos y se lleva los corpiños con relleno que pueda. Agarra uno que otro zapatito talla cuarenta y cuatro, que los hay. Se llena las manos de corbatas y de bombachas para después llevárselas a su casa en la canasta de la bicicleta. Al terminar espera la noche comiendo algunas manzanas y naranjas. Cuando todas se van a dormir, tras descubrir indignadas el robo, entra de nuevo por lo que le faltó. Se sube otra vez a la pared y cruza los pasillos del instituto. Se roba las ropas colgadas a la luz de la luna que le queden bien.

     Llegó a la última soga que le quedaba. Colgaban de ella blancas bombachas, medias de todos los colores y faldas escocesas de gaitero. Pero colgaban muy arriba. Arnold Layne era alto y estirado como un espantapájaros, pero todavía tenía que hacer su esfuerzo para alcanzar los broches. Y desde los pasillos empezaron a escucharse ruidos. Las luces se prendían poco a poco de una en una. Puertas se abrían, voces agudas murmuraban. Los pasos de las chicas se movían de un lado a otro. Cada vez más cerca; cada vez puertas más cercanas. Oh, Arnold Layne, que no vas a poder terminar tu trabajo, que te marea el deseo de tener cada una de las prendas como si no fuera lo mismo. ¡Llevá dos por ahora!... Pero las últimas puertas se abrían y el deseo de Arnold Layne no cedía; como los broches.
     Ahora lo tienen. Una especie desagradable de persona. Le dieron tiempo, Arnold Layne pudo haber salido. Pudo haber parado. Ahora recorría un pasillo de puertas de metal golpeándose y cadenas que se arrastran entre sí obligado a llevar un traje a rayas. Él odia todo eso.
     Oh, Arnold Layne, no lo hagas de nuevo.


   


2 comentarios:

  1. Gran historia.
    No conozco sobre Pink Floyd más que algunos temas y mucho menos se sobre este tal Syd, pero el relato tiene una musicalidad innegable; una poesía casi de fábula infantil narrada en Cartoon Network.
    Tal así.

    Un fuerte abrazo y nos estamos leyendo.

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    1. ¡Gracias!, es bueno saber que se puede ver así sin influencia (O sugestión causada por la influencia) de la canción origibal. Quería captar esa atmósfera pero no sabía hasta qué punto lo hacía y hasta dónde me convencía a mí mismo de ello.

      ¡Abrazo!

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