16 feb. 2016

Carta manuscrita encontrada en un libro hecho a mano

          Es posible que ahora, gracias a vos, yo forme parte del pequeño grupo de personas que todavía lee libros físicos. Ya te conocía de los pasillos y las escaleras, pero hasta aquella noche en el bar era suficiente. Era un bloque de seis pisos sin ascensor; hoy me sorprende que hayan desaparecido primero las editoriales tradicionales de libros que los edificios sin ascensor. Vivías en el tercer piso, sola, yo vivía en el quinto, con compañeros de la facultad. Hablabamos  muy poco o casi nada, cuando uno subía y el otro bajaba, o cuando subíamos al mismo tiempo. Aunque no solíamos hablarnos, generalmente yo bajaba leyendo o escuchando un libro electrónico. Sos bonita, sí, con buen cuerpo, pero hasta aquella noche en el bar era suficiente con verte en los pasillos y las escaleras. No sé si antes ibas, era la primera vez que te veía ahí. Era un bar, era de noche, había tomado, ya te conocía. Con razón suficiente me acerqué y hablamos. Algunos saltaban, otros intentaban bailar casi sin música dándose golpes contra las mesas, unos más aburridos trataban de leer sus libros electrónicos. Vos y yo hablábamos. Ahí supe que también leías. "¿Qué te gusta leer?" Pizarnik, John Polidori, Elliott Nimoy, Le Fanu, Saki, Kerouac. Autores que yo no conocía o que nada más conocía de nombre, nunca me los habían recomendado en la web. "¿Y a vos?" Stephen King, García Marquez, Cortazar, Asimov, Tolkien...
          Apenas encontramos algo en común pero nos interesábamos mutuamente y no nos interesaba nadie más. La noche siguió de la única forma que puede seguir una noche en que dos personas, solitarias y medio borrachas, se descubrían de esa manera. Sin darnos cuenta nos acercamos. Nos besamos, nos abrazamos, rodamos para afuera entre la gente, rodamos tres pisos para arriba. Fuimos a tu departamento porque vivías sola y porque no hubieramos aguantado dos pisos más. No tuve tiempo para mirarlo por primera vez, para decirte qué bien que decorás. Estaba ocupado viéndote o no viendo nada o viéndote sin los ojos. Hicimos el amor, o nada más tuvimos sexo, o lo que haya sido, lo hicimos. Lo hicimos como nunca lo habíamos hecho antes... No. Lo hiciste como nunca nadie lo había hecho conmigo. Tampoco soy un experto, pero ninguna con la que me acosté, y ninguna con la que me acostaré alguna vez, tendrá tus dedos, tan diferentes al tacto, entre sí y al de las otras mujeres. ¿De dónde sacaron tus dedos esa habilidad?
          Al mediodía me desperté en una habitación que no era la mía, tenía la misma forma pero era totalmente diferente. Me vestí, con mi ropa, sí, pero me sentí distinto. Aunque sólo pude ponerme los pantalones, vos tenías mi camisa, desayunabas sólo con ella, ¿para qué mi camisa si tenías las tuyas? Te encontré en una sala-comedor con dos paredes tapadas por estanterías con libros en papel y discos, compactos y de vinilo. Leías uno de esos libros, Fungoides, de Enoch Soames, con las tapas de cartón, cosidas, apenas, con las hojas. "Lo hice yo misma. Lo imprimí y lo armé, ya no se consigue en ningún lado." Ni siquiera te habías sacado la tostada de la boca. "¿Vos  estás leyendo algo?",  Yo estaba leyendo El Psicoanalista de John Katzenbach. Había escuchado de gente que todavía lee en papel, porque con las pantallas se les cansan los ojos o porque son nostálgicos de esas épocas de hace como treinta años en que lo corriente era el papel. No quería creer tampoco que eras de aquéllas con el pensamiento aristocrático de que el papel es mejor sólo porque el libro electrónico aumenta el consumo gratis. Tampoco comprendía que leyeras poesía, ya nadie lee poesía. Pero había algo en verte leer, semidesnuda, con las dos manos y absorta, como si afuera tuyo no existiera nada. En ese momento eras vos y Fungoides sin nada más directamente en el medio.
          Antes  de que me fuera de vuelta a mi departamento me recomendaste el libro. Me sentí en un compromiso. Me costó encontrarlo, estaba en lo más profundo de Internet. Conseguí que me pasaran un enlace de descarga en un foro recién una semana después de haber preguntado. Durante esos siete días nos vimos cinco, nos acostamos dos y no me nombraste el libro nunca. Ninguna de esas veces fue igual a otra. El sexto día todavía no conseguía respuesta; me acordaba de tus ojos, fijos al libro, después fijos en mí, despidéndote y recomendándomelo. Quise llamarte para que me pasaras la página desde donde lo imprimiste, no contestaste. Me devolviste la llamada al día siguiente pero ya habían contestado en el foro, te dije que no pasaba nada, que había marcado sin querer desde el bolsillo. En el momento me puse a descargar el archivo, con razón, porque en menos de una hora la respuesta se había perdido entre otras notificaciones y comentrios sin valor.
          Fungoides, poesía de Enoch Soames. Un autor del que no sabía nada y no tenía voluntad para investigarlo en Internet. Los poemas eran extraños, eran confianza mezclada con miedo. Yo estaba acostumbrado a esas cosas de sangre y de lo oscuro, pero Soames los usaba como un símbolo y no terminaba de entenderlo. Recordaba tus ojos y me sentía en un compromiso. Me quedé casi toda la noche frente al libro electrónico, esperando que, en algún momento, esos versos tuvieran no sólo sentido, sino también que me transmitieran alguna emoción que me conectara a vos. Las palabras iban y venían, algunas sin coherencia, otras demasiado rápido y sin historias. En cuanto terminaba de leer un poema me olvidaba el principio del mismo y todos los anteriores. Me alegré de saber al menos, que disfruté, por su sonido, algunos como Nocturne, pero todos los demás me eran inalcansables. Llugué a pensar: y si Enoch Soames fuera un tonto... Inmediatamente surgió una hipótesis rival: si el tonto fuera yo...
          Fui a verte dos días después. Hubiera esperado más a conectarme finalmente con el libro y, por fin, tener algo realmente en común con vos. Pero te ibas. Ideaste, con unos amigos, irte una temporada al monte, ninguno sabía cuándo ibas a volver. Así que tuve que ir a tu departamente ese día. Hicimos el amor por última vez, como ninguna de las anterores. Terminamos, desgastamos el capricho de nuestros cuerpos, y hablamos de libros. Fue una confesión dura la de no haber terminado de entender Fungoides. "¿Lo leíste de Internet, no?", preguntaste, "qué tonta, te lo di ya elegido. No me di cuenta, la que apareció de casualidad fui yo, no Enoch Soames... Ya sé" y agarraste el famoso libro y me miraste con esos ojos, por última vez, "por esto no es lo mismo un libro electrónico" y escribiste atrás de una de las tapas de cartón con tu propia mano, con tu propia letra, "Para... porque... y... Con amor de."
          Está escrito en tinta negra pero para mí es tu sangre, sos vos. Te fuiste, yo me quedé en mi departamento, con mi versión física de Fungoides, con una parte tuya. Lo releí o lo leí por primera vez, bajo una lámpara. Me sentí un antiguo estirándome para apagarla cuando terminé de leer. Ya me había leído el libro entero por lo menos tres veces pero leer tu regalo era como empezar un libro nuevo. Con seguridad era la misma edición, porque era la única en Internet y porque tenía las mismas notas al pie de página. Pero algo tenía el Fungoides arruinado por la humedad que ése que ya había leído no tenía. Esta edición casera, firmada con tu sangre atrás de la tapa, era como estar con vos y hacerte el amor de nuevo, con ropa, sin moverme, en el comedor y con los ojos. Y a la vez era un nuevo yo, era una nueva persona que no existía en ningún otro lado. Yo era ése, con ese libro, con esa dedicatorio. Fungoides eras vos y por esto yo era, o por lo menos, valía la pena ser. Era el hombre al que le dedicaste Fungoides.
          Hace una semana me llegó tu carta, manuscrita como no podía ser de otra forma. Es una pena, para Enoch Soames y para mí, que no pienses volver por ahora. Tal vez algún día yo también me vaya al monte, a buscarte. Hasta entonces, como yo te tengo en Fungoides, te mando Negaciones, el primer libro de Soames, impreso y cosido entre dos tapas de cartón, con esta carta adentro.

Imagen provisional, que está bien pero tengo pensado otra...

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