6 jul. 2016

Ritual


A Daur
            Llegué temprano, muy temprano. Siempre llego temprano, y me parece bien. Todavía cuando sé que no es necesaria la puntualidad llego temprano. Aunque deje pasar el tiempo, uno o dos colectivos, y camine lento, parece como si inconscientemente siempre estuviera calculando el viaje para llegar temprano. Pero hoy llegué excesivamente temprano. Y no fue por obsesivo. Esta vez: no sabía a qué hora empezaba; llegué a la hora a la que abren. Vine a escuchar a una amiga, que tiene un dúo. Empezaban a las doce y yo había llegado a las nueve. Aproveché el tiempo para tomar, pensar y relacionarme con la gente del lugar, con los dueños y con uno que también había llegado en exceso temprano por desconocer la hora de inicio. Ya desde ese momento me parecía que algo iba a pasar. No era por llegar temprano ni una opinión común, no dije nada. Me guardé el pensamiento para mí mismo. Era una cosa del día: algo iba a pasar.
            Ellas (Mi amiga y su compañera) hacen música celta, con influencias sajonas y medievales y otras corrientes europeas que no sé ubicar en tiempo y espacio. Yo ya las había escuchado, más de una vez. Conozco sus canciones. Pero esta vez era especial. Vamos a hacer algo diferente, me dijo ella cuando llegaron, ya vas a ver. Esta vez habían traído más instrumentos. Nuevos instrumentos. Un par no tenía idea de que existieran. Tampoco sabía de dónde iban a sacar más manos para tocarlos todos. Ya había gente. Ya estaba por empezar. De vez en cuando las veía susurrándose cosas con cuidado de que no las escuchara ni las viera nadie. Pero yo las vi. No hicieron otra cosa que reforzar mi presentimiento.
            Algo malo iba a pasar y ya parecía eminente a ser así desde antes que empezaran. No sé si alguien más se puso a relacionar los hechos, yo por suerte sí. Hechos que se sucedían a medida que ellas preparaban su escenario improvisado que era en realidad una alfombra. Alfombra de la casa, en su presencia nada tenía que ver con ellas, pero podía hacerse pasar por parte de su escenografía sin problemas. Todo el lugar parecía parte de su escenografía, de repente. Más con la luz de las velas, las cuatro velas que prepararon. Velas que dispusieron alrededor suyo y de sus instrumentos. A estos últimos los repartieron por el suelo.
            Y estas velas fueron el asunto. Todo pasaba según prendían las velas. Creo que nadie más se dio cuenta. Cuando prendieron la primera: un gato —Porque ahí está lleno de gatos— tiró libros. Se había subido a un estante, se pasó por atrás y los tiró. Con la segunda vela: se volcó una cerveza. La tercera vela era la más chiquita así que le debió corresponder una caída menor. No la vi. Me la tuve que imaginar. Capaz una mosca muerta en vuelo. No vi el efecto de esa vela pero tenía que estar. La cadena continuó con la última vela: a mí se me calló al suelo un ala de pollo de las que servían ahí.
            Pero lo importante vino después, antes de empezar. Hicieron una presentación. Nunca antes habían hecho una presentación. Todo el mundo hizo silencio. Yo dejé mi vaso en una mesa para prestarles atención. Entraron desde el fondo. Una con un tamborcito y la otra introduciendo. Durante muchos años nuestros ancestros, decía, recurrían a esta ceremonia para comunicarse con los espíritus. Hoy, frente a todos ustedes, continuaba, vamos a revivir este ritual.
            Cuando empezaron me quedó claro: algo iba a pasar. La mandolina producía el ritmo y la tin whistle lo recorría con la melodía. La tin whistle es un tipo de flauta irlandesa. Yo no la conocía hasta que las conocí a ellas. De a poco aumentaban el tempo. Con el tempo el volumen. Al final no se distinguía dónde terminaba la mandolina y dónde empezaba la tin whistle. El público las acompañaba con aplausos a ritmo. Sin abandonar mi presentimiento, yo también aplaudía. Al fuego de las velas parecía que lo empujaban las ondas de sonido. Pero era algo más. Miré mi vaso y también. Su contenido se movía como si alguien hiciera temblar la mesa. Pero nadie estaba tocando la mesa.
            Dejé de aplaudir. Me abrí paso entre la gente que estaba atrás mío. Permiso, voy a mear, pedí. Y me encerré en el baño. Con el pestillo puesto y todo. Porque no me equivoqué.
            Un poco después de mi encierro, parecía que iban a parar de tocar. Pero no. Paró el público de aplaudir, nada más. La música siguió. Siguió más fuerte. Aparecieron los demás instrumentos, todos a la vez. ¡Todos a la vez! Y apareció, también, una percusión peculiar. Es que no les había visto nada parecido a un bombo y, sin embargo, ahí estaba. Ese ruido era como los pasos de un ser gigante que no pertenecía a este mundo ni a esta dimensión. Todo mientras yo estoy en el baño. Contra una pared. Pensando en qué será lo que me espera del otro lado de la puerta, para cuando, eventualmente, tenga que salir. 

4 comentarios:

  1. Como una bacanal, como una atroz liberación de ese fuego a punto de comerse a los libros, de tomar la sangre volátil de esos vasos.
    Así es la magia que se desprende de estas letras.

    Una melodía que no escuché nunca, un momento que no viví y al que, sin embargo, fui transportado con sencilla fluidez.

    Muy muy bueno.

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    1. ¡Gracias!, fue un momento muy real, con un solo detalle falso, como en el libro de Magrio, te dejo a vos adivinar.

      Arruinando el misterio: el otro que llego excesivamente temprano fue Cristian Daus.

      PD: listo el lino para que escuches.

      ¡Saludos!

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  2. Waaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah
    Zara, dejate de joder.
    Muy bueno.
    Llegué acá por recomendación de Sr. Dasiú.
    Me voy a tatuar este cuento en algún cachete del culo.
    Sabelo.

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    1. Pero cuando te lo tatúes que sea todo en Arial y no con el primer párrafo en Times que ¡ésta porquería no me deja arreglar!

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